La incorporación de nuevos medicamentos y tecnologías sanitarias al Sistema Nacional de Salud exige comprender tanto sus beneficios como los recursos y cambios asistenciales que requiere su uso. Es decir, ambas cuestiones constituyen retos que van más allá del hecho de disponer de las opciones necesarias. En concreto, se necesita evaluar las consecuencias de esta incorporación a través de datos sobre su coste, los recursos que necesita y su impacto en la organización de la atención. Y aquí, el médico farmacólogo clínico tiene un papel trascendental. Su conocimiento sobre los tratamientos y sus condiciones de uso puede contribuir a que ese análisis se ajuste a la práctica asistencial.
“El médico especialista en Farmacología Clínica puede aportar una visión transversal en cualquiera de las áreas que conforman la evaluación no clínica de una tecnología sanitaria, desde las dimensiones económicas y organizativas hasta las sociales y éticas. Contribuye a que la evaluación no clínica refleje de forma más completa el valor y las implicaciones reales de incorporar una tecnología al sistema sanitario”, comenta José Porcel Maleno, médico especialista en Farmacología Clínica y secretario técnico CEIm Hospital Universitario Puerta de Hierro-Majadahonda.
El experto destaca el conocimiento del farmacólogo clínico sobre los tratamientos, el posicionamiento terapéutico, las alternativas disponibles y los perfiles de pacientes. “Esta visión resulta especialmente útil para trasladar la evidencia a las condiciones reales en las que la tecnología va a utilizarse; lo que permite anticipar no solo qué población puede beneficiarse, sino también cómo su incorporación puede modificar los circuitos asistenciales, el uso de otros tratamientos, las necesidades de seguimiento y el consumo de recursos. Además, ayuda a identificar consecuencias que pueden no ser evidentes en los ensayos clínicos, como el impacto presupuestario, los cambios organizativos, posibles problemas de equidad en el acceso o diferentes situaciones de uso”, sostiene.
Sobre esta cuestión se celebrarán sendos debates durante el XXXIII Congreso de la Sociedad Española de Farmacología Clínica, un encuentro que reunirá a Madrid del 21 al 23 de octubre a especialistas y residentes de Farmacología Clínica, profesionales de otras disciplinas sanitarias, investigadores y representantes de la industria. En concreto, se trata de la jornada precongresual «Aportación del farmacólogo clínico en la evaluación no clínica de Tecnologías Sanitarias» y la mesa de diálogo entre Farmacología Clínica e industria farmacéutica «Sinergias para la Innovación y la Evidencia en Salud».
La evaluación económica de una innovación sanitaria
El precio de la tecnología o del medicamento es una parte del análisis. La evaluación económica pone en relación los recursos utilizados y los resultados esperados frente a las alternativas disponibles. El impacto presupuestario permite estimar qué supondría incorporar la tecnología o el medicamento en cuestión para la población candidata a recibirlo. Distinguir ambas perspectivas ayuda a comprender por qué una opción puede ofrecer una relación favorable entre costes y resultados y, a la vez, requerir una planificación específica de los recursos.
“La evaluación económica y el impacto presupuestario responden a preguntas diferentes, pero complementarias. La primera trata de determinar qué valor aporta una nueva tecnología frente a las alternativas disponibles, relacionando sus resultados en salud con los recursos adicionales que requiere; el impacto estima qué supone para el conjunto del Sistema Nacional de Salud incorporar esa tecnología, teniendo en cuenta la población candidata al tratamiento y su utilización. Por ejemplo, un nuevo medicamento puede aportar un beneficio clínico adicional importante y presentar una relación favorable entre costes y resultados en salud, pero si está dirigido a miles de pacientes su impacto sobre el presupuesto puede ser muy relevante”, sostiene Miguel Ángel Casado, especialista en Gestión de la Industria Farmacéutica y en Farmacoeconomía y análisis del uso de medicamentos.
El experto explica que, en el nuevo marco de evaluación de tecnologías sanitarias, “debemos avanzar desde la evidencia de eficacia y seguridad, hacia la efectividad en práctica clínica, la eficiencia y el impacto presupuestario”. Así, sostiene que no se trata, únicamente, de conocer cuánto cuesta una innovación, sino de entender qué valor aporta, frente a qué alternativas y qué esfuerzo económico supone para el sistema hacerla accesible a los pacientes.
Además, señala que el análisis también alcanza a la organización de la atención. Por ejemplo, un nuevo tratamiento puede exigir formación de profesionales, circuitos específicos de administración o mayor capacidad de seguimiento, y modificar el uso de otros recursos asistenciales. Anticipar esas necesidades permite valorar las condiciones que deben reunir los centros y los cambios que supondría su incorporación.
Colaborar para disponer de información útil
La evaluación no clínica necesita datos sobre las condiciones de uso de los medicamentos y los recursos que movilizan. En este ámbito, el diálogo con la industria farmacéutica permite compartir necesidades de información y explorar cómo obtener datos útiles sobre la administración, el seguimiento y las poblaciones candidatas a recibir un tratamiento. La perspectiva asistencial del médico farmacólogo clínico puede ayudar a identificar qué aspectos conviene recoger para comprender su impacto económico y organizativo.
“La incorporación de aspectos no clínicos (éticos, legales, organizativos, sociales y ambientales) de forma ajustada a la práctica asistencial requiere abordar estas dimensiones en un ejercicio amplio de priorización terapéutica clínica y poblacional. Para ello, son clave no solo los datos generados en práctica clínica, como las bases de datos de gestión asistencial, la información de facturación, los registros de información clínica y de impacto ambiental (como por ejemplo las resistencias antimicrobianas o la generación de residuos), sino también el soporte a la relevancia clínica que proporcionan los datos generados por pacientes”, destaca Caridad Pontes García, farmacóloga clínica del Hospital Universitario de la Santa Creu i Sant Pau.Y añade: “Desde la farmacología clínica, integrar esta información – aplicando perspectivas médica transversal, analítica metodológica y epidemiológica- permite informar de los beneficios razonablemente esperados en práctica clínica y de los costes de oportunidad individual y en términos de salud pública de los tratamientos, tanto en el momento de su introducción como una vez introducidos en la práctica habitual”.
La doctora Pontes García será una de las participantes en la mesa de diálogo con la industria, que tendrá lugar el miércoles 21 de octubre, de 16:30 a 18:30 horas. La sesión estará moderada por Antonio Portolés Pérez, farmacólogo clínico del Hospital Clínico San Carlos, e Isabel Sánchez Magro, directora médica de Merck España.
Por parte de la industria, el intercambio ofrece la oportunidad de conocer las necesidades de quienes estudian las consecuencias de incorporar una innovación a la asistencia. Para interpretar la información aportada, resulta relevante conocer las fuentes de los datos, los supuestos empleados en los análisis y las incertidumbres que pueden condicionar sus conclusiones. La colaboración requiere, además, preservar la independencia del criterio médico.
